el vuelo de la libélula

El vuelo de la libélula

Este mundo de rocío,
Mundo sin duda de rocío,
Aunque siendo rocío.
Issa

Efímero: intensidad de una vida. Elegancia y tristeza se reúnen en la suave sonrisa, o en el chasquido de
una risa.
¿Qué diferencia al instante de lo efímero? La calidad de su duración. El instante se conforma como una parte del tiempo, presente total. Un punto en la línea del tiempo, tiempo espacializado, al decir de Bergson. Lo efímero encierra una duración de vida completa, de muerte incluída.
Lo efímero aprehende una condensación de lo histórico que le otorga un desarrollo intrínseco, una particular relación de velocidades con la vida: la vida veloz de una mariposa; la apertura, eclosión y marchitarse de una flor, una relación fugaz.
Es interesante deshilvanar lo efímero desde la diferenciación con el instante. Lo efímero se compone de millares de instantes; el instante como acontecimiento puede ser parte de una vida efímera.
Pero esa porción de eternidad que tiene el instante como vivencia, no la tiene lo efímero. El excluye esa vibración, su vibración es finita y en ello radica su espiritualidad. La finitud de lo afímero da espesor a su duración, al modo de estar en el tiempo. El fluir interior de lo efímero arrastra, más que la sucesión, la simultaneidad de tiempos, siempre da cuenta de la muerte que conlleva, del presente que va dejando en su carrera hacia la muerte. Tiempo e interioridad se encabalgan en la certeza de la muerte adherida a la vida.
Darle su esplendor a lo efímero-su ámbito poético-sería enlazarlo a la impermanencia y con ello, a la conciencia de transitoriedad.
Cuando desde le zen se afirma la transitoriedad de la vida, la impermanencia de las cosas, lo hace en relación a una totalidad de la cual somos parte e incluso “nuestra realidad” es tan solo ilusión. Ello no va en desmedro de la vida, todo lo contrario. La ilusión de lo real habla del movimiento y la transformación, no hay nada fijo, no hay absolutos; la vida es movimiento y el movimiento es cambio.
Este reflejo entre micro y macro cosmos nos coloca como pasajeros de un viaje mucho más largo que un supuesto destino. Nuestro estar en la tierra también es una estadía y con ello todo gesto es preciso y presente mas no absoluto.
Lo efímero encapsula esta conciencia de transitoriedad. La nostalgia que destila no es melancolía.
Vive su vida plenamente-con alegría-sabiendo su pronto final. Si el instante tiene la duración del presente, lo efímero tiene el espesor del flujo de los tiempos y la muerte. Cohabitan lentitudes y velocidades diferentes.

Los grillos cantan
¿Quién podrá sospechar
que a su muerte le cantan?

El cuerpo que se desintegra y ríe conlleva la intuición del mundo como ilusión, la impermanencia.
Lo que hoy llamamos arte efímero trae la muerte en su materia/espacio de la que está hecho, con lo cual no deja de ser un concepto.
Cuando lo efímero aparece, la materia se vuelve duración, toma el espesor de la simultaneidad de los tiempos y no su sucesión. “Mi presente no deja de pasar, no deja de morir”, dice el veloz aletear de la libélula. “Mi voluptuosidad crece al borde del inminente languidecer”, dice la rosa.
Hay, también, un cierto derroche, una sobreabundancia en la cualidad, que hacen a la aceptación de lo efímero y lo impermanente como condición.
Lo efímero y el instante se cruzan en la ausencia de ejemplaridad, carecen de la solemnidad aleccionadora (“hoy comamos y bebamos que mañana …). Tal vez el instante tiene una magia que toca lo irreal mientras que lo efímero no deja de recordarnos el pasaje de la vida a la muerte.

Una bella palabra para nombrar la cualidad de lo efímero aparece en el arte relacionado al zen: aware.
Aware no es exactamente tristeza y tampoco nostalgia del pasado. Aware es el eco de lo que ha pasado y ha sido amado, como la resonancia de un campanario. Es el momento crítico que ocurre entre el acto de percibir la fugacidad del mundo con pena y dolor, y el acto de verlo como la misma forma del Gran Vacío.