Butoh, la conjura de la representación

Butoh, la conjura de la representación

(mi danza no tiene palabras: queda detrás del pensamiento)

Parafraseando a C. Lispector

¿Qué hay detrás del pensamiento que baila?

Esta es una pregunta equívoca, que será desmenuzada en lo siguiente.

Cómo puede el butoh, con tanta limpidez, deshacer la noción de Representación en tanto narración ilustrativa es un tema que me apasiona, pues veo en él siglos de domesticación el pensamiento y sobre todo del sentimiento. Hasta qué punto los modos de sentir y pensar son también hábitos es una tarea arqueológica todavía a realizar en nuestros cuerpos.

En el espectáculo de butoh, se quiebra la noción de espectacularidad. Se borra el acontecimiento como acción, como resultante y aparece la continuidad interna del acontecimiento, con lo cual la acción se disuelve en una contracción del espacio donde la sensación se presenta como trayectos intensos que se extienden en el interior del tiempo. La expectativa por lo que va a pasar se aniquila en un presente eternizado que no deja de producir capas de sensación,  espesores en el tiempo.

El acontecimiento no es un evento, sino una fuerza intensiva que va cambiando silenciosamente (y silencio no es lentitud).

Esta es una parte fuerte de nuestra experimentación .Que el suceso se suceda en la simultaneidad de afectos y afecciones, no en la búsqueda automática de resoluciones o respuestas que nos dejan tranquilos y satisfechos, es una verdadera rebelión del cuerpo. Buscamos la pregunta, la duda, el balbuceo. Las revoluciones silenciosas, las acumulaciones que se despliegan, hacen también al butoh.

La materia de la danza se va construyendo en su propia deconstrucción, en la información que da el cuerpo como multiplicidad al acecho. Ankoku: tinieblas. Tinieblas donde adentrarse y escuchar qué tienen para decir.

El plano anecdótico que responde a” por qué hago o me sucede esto”, la necesidad de justificación, este plano algo psicológico no tiene lugar.

En el cómo la sensación se desenvuelve. Cómo las fuerzas sensibles se dan lugar, aparecen sin que se necesite la fuerza insensibilizada del hábito.

El tiempo como la forma de la interioridad va produciendo en el espacio sus transformaciones afectivas.

El bailarín, entrando en la escucha de la intensidad como cualidad molecular sensible, produce una doble mirada: “hacia adentro”: la intuición, sus formas de vitalidad, al tiempo que hay un “hacia afuera”, que son las transformaciones, las pinceladas del trayecto deformante.

En la sensación se juegan todas las deformaciones posibles. Aceptando lo que aparece sin juicio, sin lógica habituada, la aparición es  mucho más que la apariencia, contiene un espesor, un transcurrir hacia adentro donde el espacio se interna en el tiempo, capa por capa.

La estrategia de sobrepasar lo ilustrativo o narrativo desde la forma abstracta lo llamaremos devenir molecular y a la forma que proviene de la transformación como un devenir áspero, total, “insensible a una posible auto juicio o autocompasión”, lo llamaremos objetificación. En una y otra la sensación se juega desde el sistema nervioso y desde un espacio del cerebro aquietado. Esto viaja directo al espectador, sin anécdotas que intermedien. Será un movimiento en el estómago, palpitaciones o lágrimas, mas no traducciones racionales.

“Veo furias de impulsos viscerales: vísceras torturadas me guían”

En la abstracción molecular de un recorrido o en una transformación nos encontramos con un cuerpo liberado a sus propios campos de percepciones y la aceptación de lo que ocurre. A esto lo llamo “insensible” para abrir la paradoja de la entrega al acontecimiento, a una verdadera “materialización” del sentido y el sinsentido que no permite escapatoria. Soy decidido por un derrame de sensación contenido siempre en la materia cuerpo. Ni representación, ni catarsis, la poética se juega en sus bordes, en el campo de la transformación como devenir.

La escena no se abre a la comprensión racional por referencia significante, sino que se cierra a los trayectos interiores y la resonancia se da por empatía del córtex, delas tinieblas, de la conmoción lentificada.

La representación queda conjurada.

El movimiento es consecuencia de las fuerzas que actúan en nosotros. Todo devenir es un campo de relaciones de fuerzas, donde toda forma es la forma de una fuerza y…  toda fuerza es la virulencia de un afecto o todo afecto es la virulencia de una fuerza. Las sensaciones en sus viajes vibratorios, las fuerzas en sus trayectos brindan la materia a la composición compleja, deforme, de una verdad desnuda que se expone más que se relata.

Así el cuerpo es campo de fuerzas intensivas que encuentran diversas materialidades como forma de hacerse visibles. El devenir siempre es transformación material y trazo de su fuerza, amplificando un estado  muy real de la existencia.

Todo pareciera  querer atravesar el cuerpo para deshumanizarlo, y así llegar a lo más humano.

La sensación se objetifica, ambas se desterritorializan, y como Artaud queremos atravesar el cuerpo hasta que él se vuelva campo abstracto: espíritu.

Entre el espíritu y la materia está el recuerdo, pero en la reterritorialización de uno en otro está la MEMORIA. La memoria comprendida como una experiencia silenciosa, inconsciente que actualiza en su contracción hasta experiencias de otras vidas.

La libertad, el riesgo de saltar hacia el interior de la materia para levantar memoria es nuestro gran desafío  sensible, existencial, como seres humanos o como artistas y el butoh da cuenta  del quiebre, de la crisis de las “memorias quebradas “como dice Kô Murobushi.

Estamos priorizando un cuerpo como materia sensible y maleable a la dislocación constante de las capas que lo componen, en la alquimia de la materia y la memoria…

La diferencia entre hacer alusión, metaforizar y el confiar en la horizontalidad de saber que toda materia guarda memoria es total. Es una relación con el mundo y con el arte.

El cuerpo objetificado del butoh es una rebelión a la lógica racional, al relato que da razones, pero es  también una rebelión al cuerpo objeto, ausente, muscular, habituado.

“Y respeto mucho lo que yo me ocurro. Mi esencia es inconsciente de sí misma y es por eso que ciegamente me obedezco”.

El espectador del butoh entonces puede resistirse o rebelarse (también aburrirse, claro está).

Dejarse violentar por las alimañas que pueblan sus sombras o la desnudez que brilla en sus huesos. Pero no tendrá la calma de la representación. Lo que se ve, se presenta, se expone en su doble condición de muerte y vida dejando su trazo.

“luminosa oscuridad, lúcida estupidez”.

Rhea Volij